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23 febrero 2009

Los colores del veneno


Los nudibranquios van por la vida desnudos como un recién nacido.
Parientes cercanos de los caracoles que se deshicieron de la concha hace millones de años, no son más que piel, músculo y órganos arrastrándose por el lecho oceánico y los arrecifes de coral de todo el mundo.
Presentes en fondos arenosos poco profundos y arrecifes, así como en el sombrío lecho marino a más de un kilómetro de profundidad, los nudibranquios medran tanto en aguas cálidas como frías, e incluso alrededor de chimeneas hidrotermales. Estos moluscos gasterópodos, la mayoría del tamaño de un dedo humano, viven totalmente expuestos, con las branquias formando penachos sobre su dorso. (Nudibranquio significa "branquia desnuda", una característica que los diferencia de las babosas marinas.) Aunque pueden soltarse de donde estén adheridos para dejarse arrastrar por la corriente (algunos incluso pueden nadar), casi nunca tienen prisa.
¿Por qué, entonces, en hábitats atestados de voraces depredadores, no desaparecen como langostinos en una barbacoa? Las más de 3.000 especies conocidas están muy bien equipadas para defenderse. No sólo tienen la piel gruesa, abrasiva y llena de bultos, sino que han sustituido la concha de sus parientes por armas menos aparatosas: secreciones tóxicas y células urticantes. Algunas producen su propio veneno, pero la mayoría lo adquiere de lo que come. Las especies que ingieren esponjas venenosas, por ejemplo, alteran y almacenan en su cuerpo las sustancias irritantes y las secretan a través de células o glándulas cutáneas. Otras atesoran unas cápsulas con filamentos urticantes, llamadas nematocistos, que ingieren cuando comen corales de fuego, anémonas, hidroides y cnidarios en general. Inmunes al veneno, las babosas despliegan la artillería robada en sus propios apéndices.



Especialmente adaptado para alimentarse exclusivamente de corales como esta alargadas gorgonia, el translúcido Phyllodesmium iriomotense, de 4,3 centímetros de largo, alberga su ramificada glándula digestiva en el interior de unos apéndices tentaculares, o cerata, de los que el animal puede desprenderse en caso de ataque. Ésta es una de las pocas especies de nudibranquios de colores apagados.


Muchos nudibranquios móviles, vulnerables cuando se desplazan a la luz del día entre diferentes zonas de alimentación, anuncian su arsenal tóxico con colores y dibujos llamativos desarrollados en el transcurso de millones de años. Los pigmentos contrastantes los hacen claramente visibles sobre los tonos verdes y marrones del arrecife, una alarma visual que disuade a los depredadores.
Los nudibranquios menos expuestos, con hábitos nocturnos o territorios pequeños, optan por el camuflaje de colores apagados o brillantes, en lugar de valerse del contraste, aunque muchos de ellos también tienen defensas tóxicas. Los pigmentos del mismo color de las esponjas o de otros sustratos comestibles donde reposan pueden hacer que incluso los nudibranquios más grandes (tan largos como el antebrazo de un hombre) se confundan con el fondo.
Hasta el submarinista más perspicaz puede pasar por alto esas especies crípticas. Pero las más llamativas son como estallidos de colores, y entonces se desplegará ante sus ojos una escena en la que un nudibranquio mordisquea el coral, mientras otro repta por una roca y un tercero se deja llevar por la corriente por el lecho marino. Más afortunado hay que ser para ver decenas o incluso centenares de ellos, reunidos en algún lugar donde abunda el alimento para comer y aparearse. O para ver una de las especies del tamaño de un plato que "funcionan con energía solar", ya que obtienen los nutrientes de las algas fotosintéticas almacenadas que crecen dentro de su cuerpo.

El cuerpo duro y la piel gruesa son las primeras defensas de Halgeria batangas contra los depredadores. Los que a pesar de ello insisten en mordisquearlo descubren que este comedor de esponjas también exuda una toxina. Mide 4 centímetros.


Los nudibranquios son ciegos a su propia belleza, pues sus ojos diminutos apenas distinguen poco más que la luz y la oscuridad. En cambio, estos animales huelen, saborean y sienten el mundo con los rinóforos, apéndices sensoriales que tienen en la cabeza, y con los tentáculos orales. Las señales químicas los ayudan a localizar la comida y a sus semejantes. Como son hermafroditas, se pueden aparear con cualquier individuo, una capacidad que facilita la búsqueda de pareja y duplica el éxito reproductivo. Según las especies, una pareja puede poner hasta dos millones de huevos de una vez, dispuestos en rollos, cintas o marañas enredadas.
Pero no todos los encuentros entre adultos tienen un resultado tan fructífero. A veces uno se come al otro, sobre todo si es de otra especie. Un nudibranquio caníbal yergue la cabeza como una cobra y envuelve al congénere con su cuerpo, para rematar el trabajo con las mandíbulas y los dientes. Otros usan enzimas para desmenuzar a sus presas. ¿Y quién los devora a ellos sin sufrir daños? Ciertos peces, tortugas, arañas y estrellas de mar y unos pocos cangrejos. También hay gente que los come (los chilenos y algunos habitantes de algunas islas de Rusia y Alaska), después de extraerles los órganos tóxicos.

Chromodoris annae compensa su reducido tamaño con un colorido chillón y de mucho contraste, que advierte a los depredadores de su toxicidad. Mide 2 centrímetros.


Los investigadores también han estudiado el sencillo sistema nervioso de los nudibranquios para poder entender mejor los mecanismos del aprendizaje y la memoria, y han saqueado su arsenal químico en busca de fármacos. La obtención de medicamentos a partir de invertebrados marinos tienen una larga historia. Plinio el Viejo, por ejemplo, escribió en el siglo I sobre el uso de caracoles molidos y mezclados con miel para tratar "úlceras en la cabeza". Actualmente, los científicos están aislando sustancias químicas que podrían resultar útiles en el tratamiento de afecciones del corazón, los huesos y el cerebro.


Bornella anguilla huye del peligro replegándo sus apéndices y nadando como una anguila. Mide 7 centímetros.


Pero los nudibranquios aún están muy lejos de haber revelado todos sus secretos. Se calcula que sólo se ha identificado la mitad de las especies existentes, e incluso las conocidas resultan difíciles de estudiar. La mayoría no vive más de un año y, cuando mueren, desaparecen sin dejar rastro, ya que sus cuerpos, sin huesos ni concha, no dejan testimonio alguno de su breve y brillante vida.


David Doubilet encontró estos animales en Indonesia y los fotografió en el mismo lugar donde se hallaban o sobre un fondo blanco (abajo) antes de devolverlos indemnes a su ambiente.
Si quieres ver las fotos de David Doubilet sobre los nudibranquios entra en:
http://ngm.nationalgeographic.com/2008/06/nudibranchs/doubilet-photography

1 comentario:

Anónimo

Es uno de los mejores escritos sobre nudibránquios que he leido. Chapó.

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