El origen de la bruja montada en escoba y su relación con los sapos.Mucho se ha hablado y discutido no sólo de la típica y monótona imagen de la bruja montada en su escoba sino también del origen de la misma bruja.
El simbolismo de la escoba se ha interpretado de diversas formas. Para algunos autores se trata de un símbolo fálico, lo que se relacionaría con la supuesta promiscuidad sexual de las brujas. Otras teorías mencionan que la escoba pudo haber sido utilizada para administrarse determinadas drogas.
Nosotros indagaremos sobre la versión que nos compete, pero antes de nada tenemos que conocer, al menos "de pasada", el origen de las brujas (o uno de los posibles orígenes).
Habría que remontarse hasta la antigüedad clásica, en las antiguas Grecia y Roma estaba extendida la creencia en la magia.
Pero centrándonos en el sector que nos interesa, no sería hasta la edad media cuando se formaría una idea predominante de brujería.
Aunque no todos los sospechosos de brujería eran mujeres (hubo un significativo porcentaje de hombres procesados y ejecutados por delitos de brujería), se consideraba a la mujer más inclinada al pecado, más receptiva a la influencia del Demonio, y, por tanto, más proclive a convertirse en bruja. En otras palabras, mujeres que eran rechazadas por la sociedad existente en la época. De esta manera tenían que huir normalmente a zonas boscosas y de montaña si no querían ser ejecutadas.
El total aislamiento en el bosque y su supervivencia les proporcionó una cierta sabiduría que sólo poseían ellas sobre sobre la utilización de plantas y animales, así como propiedades de los mismos.
Se creía que las brujas celebraban reuniones nocturnas en las que adoraban al Demonio. Estas reuniones reciben diversos nombres en la época, aunque predominan dos:
sabbat y
aquelarre.
En los aquelarres se realizaban ritos que suponían una inversión sacrílega de los cristianos.
Es en este momento, durante la realización del aquelarre, donde cobra vida nuestra imagen de la bruja montada en escoba.
Durante el aquelarre las brujas cogían un sapo (otra imagen aunque menos frecuente), el cuál colocaban en una mesa y comenzaban a mutilar mediante una serie de duros golpes con palos, hasta obtener una sustancia tóxica y alucinógena. Esta sustancia era consumida por las brujas para "colocarse" y llegar a tener alucinaciones como por ejemplo una sensación extraña de estar volando.SUSTANCIAS TÓXICAS Y ALUCINÓGENAS EN LA PIEL DE LOS ANFIBIOSAlgunos grupos de ranas y salamandras poseen toxinas en su piel y los sapos presentan glándulas externas que secretan sustancias tóxicas. Las toxinas presentes en la piel de los anfibios las utilizan principalmente para su protección contra microorganismos, tales como bacterias, hongos y levaduras, más que para atacar a los depredadores. Las toxinas son producidas en unas glándulas granulosas distribuidas en toda la superficie de la piel y secretadas en pequeñas cantidades.
El grupo de los Anuros es el que se ha informado como el que posee mayor cantidad de toxinas en su piel. Dentro de este grupo de anfibios, los miembros de las Familias Dendrobatidae y Bufonidae son los únicos que se le han encontrado sustancias tóxicas en la piel.
En Panamá,
Bufo marinus (
Rhinella marina, vulgarmente sapo común), perteneciente a la Familia Bufonidae presenta bufotenina (N-dimetil-5-hidroxitriptamina) un alcaloide con efectos alucinógenos, derivado de la serotonina, por dimetilación de su grupo amina. Es un potente enteógeno, que actúa por vía inhalatoria o digestiva sobre receptores específicos de la corteza cerebral.
Rhinella marina L.Por otro lado, se ha establecido según las investigaciones, que el tipo de alimento que consumen los anfibios con toxinas en su piel está muy relacionado con la producción de éstas, ya que cuando se mantienen en cautividad disminuyen o desaparecen las toxinas presentes en la piel.
Referencias:1. Daly, J. 1995. The chemistry of poisons in amphibian skin. Proc. Natl. Acad. Sci. 92: 9-13.
2. Duellman, W. y L. Trueb. 1994. Biology of Amphibians. The Johns Hopkins University Press. Baltimore. 669 p.
3. Habermehl, G. 1981. Venomous Animal and their toxins. Springer-Verlag. NuevaYork. p: 113-129.
4. Hickman, C., L. Roberts y F. Hickman. 1998. Zoología Principios Integrales. 10ª ed. Editorial Interamericana-McGraw Hill. España. 1119 p